Les contaré un secreto. Al principio, en la pintura de Teresa Moro no había muebles, sino globos aerostáticos, canoas de oro, espectros encapuchados y estancias a oscuras donde aparecían, como flotando en medio de la nada, unos ojos que brillaban como ascuas. Pero, creo advertir cierto revuelo entre los lectores e incluso, al fondo, alguien lanza un reproche: “¡Vaya por Dios, hemos vuelto a 
llegar tarde!”. En fin, mucho me temo que no han pescado ustedes gran cosa. Aunque la culpa, por supuesto, es tan sólo mía, por la torpeza de esa pausa que ha demorado demasiado en el tintero la mejor parte del asunto. A saber, que, sorprendentemente, lo que Teresa Moro pinta hoy, mas que muebles, siguen siendo ante todo fantasmas y prodigios.