Creo que hay que creer en el arte social. En el artista que mira más allá de las
paredes de su estudio para integrar su mirada individual en la necesaria mirada
colectiva. En el arte sin fronteras, en el arte libre, en el arte que provoca sin pretender
la provocación gratuita, que comparte la necesidad de remover las conciencias
demasiado asentadas, en el arte que trasgrede y que se atreve, que
arriesga y trata de que el espectador arriesgue con él. Arte inconformista, que
avanza y está, por tanto, vivo. Creo que hay que creer en todo aquello que
como espectadora me haga pensar y sentir por encima o por debajo de su apariencia
estética y de sus planteamientos plásticos (siempre necesarios como
punto de partida). Pero no creo que el artista sea quien para dar consejos ni para
plantear soluciones y mucho menos ante los grandes conflictos. El arte es y ha
sido siempre una ficción, mire hacia donde mire, una mera representación de
algo creado por alguien. Algo que, en definitiva, uno no puede tomar muy en
serio. El pasado mes de enero, el embajador de Israel en Suecia, Zvi Mazel, acudió
a una exposición en el Museo Histórico de Estocolmo sobre el genocidio,
enmarcada en una Conferencia Internacional sobre ese mismo tema. Uno de los
artistas, Dror Feiler, israelí como el embajador, creó una instalación titulada
Blancanieves, la locura de la verdad, que consistía en una fuente rectangular
llena de agua roja -símil de la sangre- en la que flotaba un barco que portaba un
retrato de la suicida Hanadi Yaradat, que mató a 21 personas el año pasado al
inmolarse en la ciudad de Haifa.