Hace ya mucho tiempo se estipuló que las historias han de tener un principio
y un final. Así ha sido siempre y la verdad es que no nos ha ido nada mal de esa
manera. Pero qué pasa con todos los acontecimientos que se suceden desde después
del principio hasta antes del final, ¿no son también historias?
Quizá la razón que reside en nuestras cabezas no lo vea así. De ahí el valor de
los descubridores de ideas, como Jesús Lapuente. Individuos con la capacidad de
mostrarnos la lógica que se esconde tras cualquier circunstancia, aun cuando dicha
lógica no tiene ningún sentido. Cuando vemos esas ideas nos damos cuenta de que
siempre han estado ahí, de que son lógicas, pero a la vez, sólo perceptibles por vez
primera para aquellos que poseen ese talento concreto.
Jesús es capaz de ver que la llorona Dora Maar de Picasso necesita una caja de
pañuelos de papel y como caballero que es, se la ofrece. El muchacho en la playa
de Sorolla seguro agradece una pelota para jugar y pasarlo bien, de la misma manera
que la Condesa de Chinchón con toda seguridad, disfruta de un pequeño sorbito de
anís a media tarde. El convento necesita condimentos que le den sabor y San Juan
Bautista pasa el rato con el que lava lana y seda.
Esta habilidad de descubrir la lógica que se esconde en los cuadros, es un talento
innato que se ha de reforzar haciéndose amigo de la historia y del arte. Jesús devora
libros de artistas y se pregunta constantemente acerca de los diferentes momentos
que han quedado congelados en los lienzos que todos conocemos; ¿qué punto
exacto de esa línea entre principio y final de una historia, ha quedado descrito
gracias a los pinceles de artistas como Goya, Zurbaran o Rubbens?. Este tipo de
preguntas son un divertimento para él, es parte de su faceta de descubridor de ideas.
Pero es indudable que su verdadero disfrute reside en imaginarse las respuestas y
plasmarlas sobre una tela. […]